Ayer fue el día de los enamorados. Mucho arrumaco, mucho piar dulce y mucho regalo de última hora. Pero hoy, mientras me limpio las alas y observo el panorama desde mi rama, me he dado cuenta de algo preocupante: nuestra sociedad se está quedando sin alpiste del bueno.
En lugar de piar por la convivencia, parece que nos hemos especializado en el graznido del odio.
Últimamente, si sobrevuelas cualquier plaza o red social, lo único que oyes es ruido. Parece que odiar al vecino (o al que piensa distinto) se ha convertido en el deporte nacional. Hemos pasado de buscar el bien común a buscar quién tiene el pico más largo para atacar al de al lado.
Como pájaro que lo ve todo desde arriba, os digo: el odio pesa demasiado para volar alto. Una sociedad que se mueve por el rencor es como un alipaparo con las alas pegadas con chapapote: no va a ningún sitio.
Hablemos de nuestros representantes. Últimamente, cuando llega la hora de elegir quién lidera la bandada, nos dejamos deslumbrar por Pavos Reales.
Gobernantes que solo saben abrir la cola para que veamos lo bonitos que son, pero que en realidad solo piensan en su propio beneficio. Personajes egocéntricos que ven el poder no como un servicio, sino como un estatus. Su único objetivo es estar por encima de otros seres humanos, olvidando que un líder no es el que más brilla, sino el que mejor guía.
Hay algo que veo desde las alturas que me revuelve las tripas: se ha puesto de moda envidiar la ayuda al que menos tiene.
Escucho a pájaros con el nido caliente y la despensa llena quejarse porque a otro, que está en el suelo con las alas rotas, le echan unas migajas. ¡Es de locos! Si envidias la ayuda que recibe el que está en la miseria, no te estás convirtiendo en un halcón poderoso, te estás convirtiendo en un parásito del espíritu. En una bandada sana, lo natural es ayudar al débil, no pisarle la cabeza para sentirte más alto.
Y aquí llegamos al meollo del asunto. Es muy fácil criticar al Pavo Real desde el sofá, pero ¿qué hacemos nosotros? El ejemplo es la herramienta más potente que tenemos.
Nuestros comentarios en redes, nuestra forma de hablar del vecino o cómo reaccionamos cuando alguien necesita ayuda son los que de verdad construyen el bosque. Si tus acciones diarias destilan veneno, no esperes que tus gobernantes destilen miel.
Tus palabras son semillas: Si siembras odio, no esperes que crezcan flores.
Tu acción es el mapa: Los que vienen detrás (los polluelos) no escuchan lo que dices, miran lo que haces. Ser un ejemplo de integridad y empatía vale más que mil discursos políticos.
Elegir con el corazón no es una cursilería de San Valentín; es pura supervivencia. Menos ego y más vuelo en formación. La próxima vez que tengas que decidir el rumbo de la bandada o escribir un comentario, pregúntate: "¿Esto ayuda a cuidar el nido de todos o solo sirve para lucir mis plumas?".
Porque al final del día, todos compartimos el mismo cielo.